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De Samperinos
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Las Órdenes militares de la Edad Media[editar]

Notas sobre la Edad Media cristiana en el Bajo Martín -ESTEBAN SARASA SÁNCHEZ http://www.comarcas.es/pub/documentos/documentos_Notas_a8fc0d0d.pdf

A finales del siglo XV, Samper de Calanda seguiría perteneciendo a la Orden de San Juan o del Hospital de Jerusalén.

Al lado del extenso territorio perteneciente a la Orden de Calatrava, al sureste del Bajo Martín, con cabecera en Alcañiz y con un elevado número de villas y aldeas bajo su jurisdicción, se dio el panorama de que mientras que ''Samper de Calanda'' seguiría perteneciendo a la Orden de San Juan o del Hospital de Jerusalén, al señorío episcopal de Albalate se adscribían poblaciones como, por ejemplo, Ariño, no incluida en la actual comarca en cuestión, o Andorra, también dependiente inicialmente de Albalate; o que del señorío de Híjar dependieran Urrea, La Puebla y Vinaceite a fines de la Edad Media, a la vez que Azaila, Castelnou y Jatiel quedaban fuera, por entonces, de las dependencias señoriales indicadas.

Con lo que las interferencias entre el pasado histórico y el presente son tantas como la falta de correspondencia entre el ayer comarcal y el hoy administrativo. Circunscripción administrativa de las órdenes militares.

En el caso del Temple y de San Juan de Jerusalén (o del Hospital), introducidas en Aragón a principios del siglo XII, el nombre de encomienda parece tener su origen en las aportaciones periódicas de dinero que desde los distintos distritos se hacían a la casa central, con destino, en parte, a la causa de Tierra Santa. La fórmula commandamus que acompañaba al envío de cantidades dio origen a la commendatoris y de ahí el nombre de encomienda para designar el distrito que lo remitía, y el de comendador para la persona encargada de regirlo.

El carácter militar de las dos órdenes mencionadas hizo que, tras su renuncia al reino de Aragón que les legara Alfonso I el Batallador, recibieran por parte de Ramón Berenguer IV compensaciones territoriales en lugares estratégicos o de frontera. No obstante, pronto sentaron nuevas bases en núcleos urbanos, y en particular en las zonas agrícolas del valle del Ebro y de sus afluentes, fomentando la repoblación de las mismas en aras de obtener el máximo de productividad. Las sucesivas donaciones de los monarcas y de los fieles en general contribuyeron a engrosar su patrimonio.

En 1317 el Papa Juan XXII otorgó a la Orden de San Juan las antiguas posesiones del Temple en Aragón y Cataluña, mientras que casi todos los bienes hospitalarios y templarios en Valencia fueron asignados a la nueva Orden de Montesa. De esta manera la Castellanía de Amposta recibió un buen número de antiguas encomiendas templarías. Sin embargo, los bienes del Temple habían permanecido este factor contribuyó a difuminar los antiguos derechos templarios en aquellas bailías.

El hecho es que encontramos varios indicios de que los hospitalarios tuvieron dificultades para ocupar el vacío de poder dejado por los templarios en sus encomiendas y se hizo necesaria la intervención de Jaime II en varias ocasiones. El fenómeno lo hemos encontrado documentado en las bailías de Horta de San Juan, de Monzón y del Temple de Zaragoza


La Orden de San Juan de Jerusalén (o del Hospital)[editar]

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 22/03/2011

http://www.enciclopedia-aragonesa.com/voz.asp?voz_id=9625

La Orden de San Juan de Jerusalén (o del Hospital), surgió como transformación de una comunidad que desde mediados del siglo XI atendía a los peregrinos en un hospital de Jerusalén adjunto a la iglesia de San Juan. Durante el magisterio de Raimundo de Puy se codificó la regla de la nueva institución, que fue confirmada en el año 1120. A los tres votos religiosos añadieron el voto de armas por la necesidad de colaborar con los cruzados en la defensa de Tierra Santa. Fuertemente respaldados por el Pontificado y contando con la protección de los príncipes, fundaron establecimientos en el occidente de Europa destinados a financiar su gestión en Oriente.

En Aragón, ya antes de la muerte de Alfonso I el Batallador, se registran donaciones a su favor, pero será a partir de 1134, en virtud del testamento de dicho monarca, cuando pasen al primer plano de la vida política, al ser instituidos, junto con Templarios y canónigos del Santo Sepulcro, herederos del reino. Tras unos años de negociaciones, renunciaron a sus derechos a favor de Ramón Berenguer IV de Barcelona, a cambio de fuertes compensaciones materiales en Barbastro, Huesca, Zaragoza, Calatayud, Daroca y Jaca. A partir de este momento se prodigaron los donativos por parte de los fieles de todas las categorías sociales, impulsados por los beneficios espirituales que les deparaba la Orden.

El incremento de heredades determinó la formación de circunscripciones administrativas; las posesiones sanjuanistas en Cataluña y Aragón constituyeron la denominada Castellanía de Amposta. Las encomiendas fueron la célula base de la organización económica; a su frente se hallaba el comendador (o perceptor). Dentro de los miembros conventuales, los caballeros tenían como misión específica el servicio de armas. El prior, capellán y diáconos atendían a la vida espiritual de la comunidad. Había también frailes sirvientes, encargados junto con los donados del cuidado de pobres y enfermos. El hábito de los Hospitalarios era negro, sobre la capa llevaban la cruz blanca, distintivo de la Orden, que en guerra destacaba sobre la cota de color rojo.

Fue sobre todo con Alfonso II de Aragón cuando se registró el mayor auge de los dominios sanjuanistas en tierras aragonesas, marcando el inicio de varias encomiendas. Entre las donaciones con que les favoreció el monarca se registra la concesión en 1180 de la Zuda de Zaragoza, a partir de este momento sede central de esta dilatada encomienda. Recibieron también de la realeza una serie de privilegios y exenciones fiscales, extensibles a todos sus dominios en Aragón.

Observando la distribución geográfica de las encomiendas sanjuanistas en Aragón, se aprecia una mayor concentración de los dominios de la Orden en el valle del Ebro. El río venía jalonado por los establecimientos de Mallén , Añón , Remolinos , Zaragoza , Pina , ''Samper de Calanda'' y Caspe en la huerta del Jiloca se encontraba la encomienda de Calatayud y en la frontera con Navarra, la de Castiliscar . La encomienda de Huesca regía las posesiones en la ciudad y su amplio entorno; Barbastro fue centro sanjuanista de cierta importancia y también contaron con bienes en Jaca . En Daroca no hubo preceptoría, si bien poseyeron algunas heredades. En las tierras turolenses se hallaba la encomienda de Aliaga . De todas estas encomiendas la de Mallén fue la pionera, llegando a ser centro radial de los dominios hospitalarios navarro-aragoneses. Posteriormente fue desplazada en importancia por la de Zaragoza, que a partir de los últimos años del siglo XII se transformó en rectora de las diversas casas del valle medio del Ebro. Los comendadores de Zaragoza extendieron su jurisdicción por tierras del Jalón, donde contaron con los centros conventuales de Grisén y La Almunia de Cabañas (o de Doña Godina) . En Grisén se fundó en 1177 un convento de religiosas Hospitalarias, anterior por tanto al de Sijena (fundado por la reina doña Sancha en 1188), pero la comunidad de Grisén se disolvió en la siguiente centuria.

Los Hospitalarios aragoneses, en su calidad de monjes soldados, participaron en algunas empresas de la Corona, al mando del Castellán de Amposta. Es más de destacar su labor en la colonización del territorio aragonés. En la dinámica de este proceso constituyó elemento primordial la concesión de cartas pueblas que habían de componer el marco jurídico de la comunidad de vecinos. Conocemos, entre otras, las otorgadas por los monjes a Cetina (entre 1151-1157), La Almunia de Doña Godina (1178), Alpartir (1178), Grisén (1178) y Aliaga (1216). Las monjas de Sijena dieron carta de población a Candasnos (1217) y a Bujaraloz (1254). Dentro de su actividad económica, debe señalarse la plantación de viñedos, puesta en cultivo de landas, mejoras en el sistema de riegos y potenciación de nuevas fuerzas hidráulicas, asimismo la creación de molinos, apertura de mercados, etc. En otro orden de actividades señalemos la custodia de objetos de valor, préstamos a la realeza y a los particulares, desempeño de fincas y otras operaciones financieras.

En 1301 el rey anunció a los recaudadores de este tributo que él había concedido a su hermanastro Sancho de Aragón, miembro de la Orden de San Juan, el derecho de percibir 5.000 sueldos de Barcelona sobre el primer monedaje que tuvieran que pagar los hombres del Hospital en el reino de Valencia o, a falta de éste,sobre el monedaje de las bailías sanjuanistas de Aliaga, Caspe y ''Samper de Calanda'' o es casualidad que la gran mayoría de celebres, e ilustres hijos de Campillo que aquí señalamos lo hayan sido por los servicios prestados en la iglesia. No solo los caballeros Sanjuanistas fueron los primeros moradores de estas tierras, sino que con el paso de los siglos, el pueblo ha continuado teniendo relación estrecha con esta orden, hasta el punto de que uno de sus hijos mas ilustres, del hábito de San Juan, llegó a ser Obispo de Malta. Conocida y reputada es la labor religiosa Sanjuanista.

Tras la extinción del Temple en 1312, se inició una serie de negociaciones entre Jaime II de Aragón y la Santa Sede. El 10-VII-1317, el Pontífice Juan XXII creó la Orden de Montesa, a la que se asignaron los bienes de los Templarios en el reino de Valencia (salvo dos de sus encomiendas) y que recibió la protección de los reyes aragoneses, quienes a su vez se lucraron de su ayuda militar (esta orden siguió las directrices de la de Calatrava y la regla cisterciense, contando como insignia originaria una cruz flordelisada en negro sobre la que se superpuso en memoria la de San Jorge de Alfama, una cruz plana y sencilla en rojo). El resto de sus bienes en la Corona de Aragón pasó al Hospital, lo que determinó el desdoblamiento de la Castellanía y una nueva estructuración de las encomiendas. Entre los jerarcas de la Orden en el siglo XIV destaca la figura de Juan Fernández de Heredia (*) , gran humanista e historiador. Su gestión en el orden económico fue señalada, debido a las medidas impuestas en los diversos distritos de la Castellanía con el fin de paliar la crisis producida por los estragos de la Peste Negra y las secuelas de la guerra con Castilla.

 (*) Juan Fernández de Heredia 

Los documentos conocidos lo presentan muy pronto relacionado con los caballeros hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalén, ocupada en la defensa del Asia Menor y la recuperación de los Santos Lugares. En 1328 era caballero de esta orden, en 1333 lugarteniente del comendador de Alfambra, y más tarde comendador de este lugar, Villel, Aliaga y Zaragoza (1344). Su ascendencia en el Hospital fue rápida y segura. Su influencia en la corte aragonesa, poderosa. En 1338, Pedro IV lo nombró consejero suyo. Pero las complicaciones no tardaron en surgir.

Heredia aspiraba a la castellanía de Amposta , ocupada desde 1325 por don Sancho de Aragón, tío del monarca. Según Lutrell, en 1341, Pedro apoyó las intrigas de Heredia para ocupar dicho puesto. Don Sancho se resistió y encarceló a Heredia. El rey ordenó su libertad y los visitadores de la orden nombraron a Heredia castellán en junio, el cual fue a prestar homenaje a Pedro IV. Pero éste, dudando de la legalidad de la elección, no lo aceptó y pidió a los hospitalarios aragoneses que reconocieran a don Sancho. Más aún, en septiembre del mismo año escribió al gran maestre de Rodas quejándose de la conducta irregular de Heredia, y en noviembre a Juan Fernández de Marciella que desde Teruel se apoderase de Alfambra. Heredia se defendió y el rey lo mandó arrestar en 1342. Esta situación duró poco. Don Sancho, viejo y enfermo, murió en enero de 1346 y Pedro IV, prefiriendo tener a Heredia de su parte, escribió al maestre de Rodas solicitando para su protegido la castellanía de Amposta, la cual fue ocupada por aquel en diciembre de 1346, después de unos meses de lugartenencia. Heredia acababa de conseguir uno de los puestos más importantes del reino.

Ocupó el cargo de castellán de Amposta desde 1346 a 1377. Durante este tiempo su actividad fue intensa y variada. Dentro del Hospital continuó su marcha ascendente, que culminará con el cargo de gran maestre: en 1354-55 realizó un viaje a Rodas para fortalecer la disciplina; en 1355 fue nombrado prior de Castilla y León; en 1356, de San Gil, Provenza; en 1369, de Cataluña. En la corte aragonesa su intervención era decisiva, brillante e imprescindible: militarmente ayudó a Pedro IV contra la Unión (1348), Mallorca (1349) y Castilla (1359); diplomáticamente desempeñó delicadas misiones en Castilla, Navarra, Inglaterra y Francia.

En la guerra de los Cien Años fue hecho prisionero por los ingleses en Crecy (1346). Fue el embajador obligado de Pedro IV y Juan I en la corte papal de Aviñón. Inocencio VI lo nombró gobernador de esta ciudad (1356); Urbano V y Gregorio XI lo hicieron su consejero especial. La posición de Heredia era tan preponderante que en 1371 se excusó ante Pedro IV para servir al papa y en 1376 no sólo fue el encargado de dirigir la flota que condujo a Gregorio XI de Marsella a Roma, sino el portaestandarte papal en su retorno a la Ciudad Eterna. En Roma organizó el pasaje a Oriente. Durante los preparativos, murió en Rodas, Roberto de Jully, y Heredia fue investido por el papa Gregorio XI como gran maestre el 24-IX-1377.

Heredia, junto con el papa, debió de comprender el peligro de la presión turca sobre Macedonia, y en combinación, al parecer, con los florentinos organizó una expedición a Grecia. Obtenida de la reina Juana de Nápoles, en 1377, la cesión de sus derechos sobre Morea por cinco años, Heredia se dirigió a Grecia, tocó en el Epiro (Vonitza), pasó hacia Morea (Patrás), tomó Lepanto (1378) y se dispuso a atacar al príncipe albano Juan Boua Spatas, quien, aliado con los turcos, se refugiaba en Arta. Pero en una emboscada Heredia fue hecho prisionero. Esto desbarató los planes. Heredia fue vendido como cautivo y la orden tuvo que pagar un cuantioso rescate. Durante su cautiverio, de algo menos de un año (1378-79), se produjo el Gran Cisma de Occidente .

En 1378, unos cardenales eligieron a Urbano VI; otros a Clemente VII. Heredia y la mayoría de los hospitalarios siguieron a Clemente VII. El cisma no sólo dividió a los hospitalarios, sino que les hizo abandonar por el momento todo intento de afincarse en Morea. Heredia, recobrada la libertad, estuvo tres años en Rodas ocupado en la defensa y organización de la orden. Pero viendo que era más necesaria su presencia en Occidente, en 1382 se trasladó a Aviñón, donde residió hasta su muerte.

Aquí siguió trabajando en la administración de la orden y en la organización de un pasaje a Tierra Santa, ayudado por Clemente VII. Los nuevos intentos de asentarse en Morea (Acaya) no prosperaron. No obstante, Heredia continuó inquebrantable en su proyecto de contener el peligro turco en Oriente. A este respecto, desde la expedición a Grecia de 1378 empezó a acumular toda la información histórica, política, militar y social pertinente.

Aviñón era el centro religioso y cultural de Occidente. Allí desplegó una gran actividad cultural compilando obras de historia y traduciendo libros griegos. Pero el peligro turco aumentaba y las necesidades de los hospitalarios para la defensa de Rodas y Esmirna apremiaban. Heredia, en medio de su labor cultural, se esforzaba en obtener todo lo necesario para esa defensa y la hipotética recuperación de los Santos Lugares. Pero el gran maestre no logró ver colmadas sus esperanzas. Ni siquiera conoció la derrota que los turcos infligieron a húngaros, franceses y cruzados en Nicópolis ese mismo año, pues murió en Aviñón en marzo de 1396, tras una larga vida llena de actividad. Sus restos fueron trasladados y enterrados en el sepulcro que él mismo mandó labrar en la iglesia parroquial de Caspe

Personalidad literaria: La figura de Juan Fernández de Heredia quedaría incompleta sin esta faceta de su vida. Sorprende ver que, en medio de tantos viajes y actividades tuviera tiempo para realizar una labor cultural tan extensa y acumular una biblioteca tan nutrida. Ésta debió de ser considerable: en 1377 Gregorio XI le permitió disponer en vida y muerte de «los libros que compilaste y mandaste escribir», y el erudito italiano Salutati solía decir que la biblioteca de Heredia tenía todos los libros que uno podía desear.

Desde muy pronto se ocupó en cuestiones históricas y literarias. De 1349 a 1354 los notarios Domingo Carcajes y Gonzalvo López de San Martín confeccionaron, por orden de Heredia, el Cartulario Magno. Por su correspondencia con los soberanos aragoneses vemos que los asuntos de las cartas eran no sólo diplomáticos sino literarios. En 1362, Pedro IV le pide las copias «que vos avets» de las historias de un monje negro; en 1372 le comunica que ha hecho traducir la Suma de Historias francesa «que vos nos diestes», y añade que le enviará la versión de las crónicas de los reyes de Aragón para que las «fagades continuar en las Corónicas d´Espanya». Las cartas de Juan I son igualmente explícitas: desde 1383 le pide insistentemente el De Bello Judaico de Josefo; en 1384 le solicita el Trogo Pompeyo y menciona a «un filósofo de Grecia qui vos traslada libros de grech en nostra lengua»; este mismo rey le pide constantemente los índices de la Grant Crónica de Espanya y del Libro de los Emperadores; y en carta de 1391 dice que al llegar a Caspe fue a visitar el «archiu de vuestros libros», que tenía allí Heredia.

Aunque algunos críticos tienden a rebajar el interés del gran maestre por la cultura griega clásica, alegando que no responde a un concepto renacentista, Heredia fue el primero en traducir a una lengua romance las Vidas Paralelas de Plutarco y otros libros griegos y contribuyó, sin lugar a dudas, al ambiente humanista de la corte aragonesa de Pedro IV, Juan I y Martín el Humano. Para esta labor tuvo a su servicio no uno solo sino varios traductores griegos. Desde que fijó su residencia en Aviñón, Heredia se transformó en un gran magnate rodeado de estudiosos en correspondencia con los personajes más eminentes de su época. Sus relaciones literarias incluyeron papas, obispos, reyes, eruditos y poetas.

Obra: El conjunto creado bajo la dirección de este ilustre aragonés es amplísimo. Consta de a) Grant Crónica de Espanya, en tres partes (se conservan dos), que es una compilación al modo alfonsí; b) Crónica de los Conquiridores, en dos partes, serie de biografías de personajes famosos, que termina por Jaime I el Conquistador; c) Crónica o Libro de los Emperadores, traducción parcial de la obra griega Epitome Historiarum de Juan Zonaras; d) Crónica de Morea o Libro de los fechos et conquista del principado de Morea, parte traducción y parte elaboración original; e) Flor de las Ystorias de Orient, traducción hecha según las versiones catalana y francesa de la obra del monje Hayton; f) Libro de Marco Polo, que recoge los viajes de este aventurero veneciano; g) Libro de Actoridades o Rams de Flores, colección de historietas tomadas de la Summa Collationum de Juan de Gales, en versión catalana, y del Valerio Máximo; h) Secreto de los Secretos, que es una guía de príncipes; i) Ystoria Troyana, basada en la obra de Guido de Columnis sobre la guerra de Troya; j) traducción de las Vidas Paralelas de Plutarco; k) discursos de la Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides, a través de una versión en griego moderno de Demetrio Talodiqui; l) traducción de las Ystorias de Orosio; m) traducción de Eutropio, hecha a base de la historia romana de Paulo Diácono. A esto hay que añadir el Cartulario Magno, que contiene unos tres mil documentos sobre la castellanía de Amposta, y algunas obras probablemente perdidas, aludidas en la correspondencia con los reyes aragoneses, como son unas historias de un monje negro, traducidas al catalán, y una Summa Historiarum, traducida al aragonés.


la Castellanía de Amposta[editar]

Contenido disponible: Texto GEA 2000  |  Última actualización realizada el 29/12/2011

En las primeras décadas del siglo XII habían penetrado en la península ibérica los primeros monjes de esta orden religioso-militar, denominada comúnmente del Hospital. En un principio sus dominios en tierras aragonesas y catalanas dependieron administrativamente del priorado de Saint Gilles en la Provenza. Pero dos hechos marcan el comienzo de su afianzamiento progresivo y de su desvinculación con la casa matriz francesa: por un lado el testamento de Alfonso I el Batallador, en 1134; por otro, la participación de templarios y hospitalarios en la conquista de Tortosa en el año 1148.

La colaboración de los hospitalarios fue premiada por Ramón Berenguer IV con la donación, al año siguiente, del castillo de Amposta y sus inmediaciones hasta el mar. Allí establecieron los monjes sanjuanistas una de sus más importantes casas, y su preceptor, que tomó el título de castellán de Amposta, ocuparía pronto un lugar preeminente entre las jerarquías españolas de la Orden.

En un principio la Castellanía de Amposta englobaba tan sólo los dominios catalanes, mientras que la administración de las rentas en Aragón y Navarra se mantuvo por unos años regida por un mismo prior. En 1177, el noble aragonés Pedro López de Luna, poco después de su ingreso en la orden, sería el primer castellán de Amposta con jurisdicción sobre las tierras del Hospital en Aragón y Cataluña, quedando Navarra constituida en un priorado con administración independiente. Las nuevas circunscripciones obedecían a una necesidad impuesta por el acrecentamiento del dominio hospitalario y se ajustaban a la nueva constitución de reinos y de fronteras en el contexto peninsular.

El lugar de residencia de los castellanes fue en un principio Amposta. En 1280, la permuta de esta villa por las de Gallur y Onda, efectuada por Pedro III, llevó consigo el traslado residencial, aun cuando la movilidad impuesta a los castellanes por la proliferación de sus negocios les obligaba a no contar con una residencia fija.

En 1317, la extinción del Temple y la incorporación de sus bienes en Cataluña y Aragón al Hospital, planteó el problema de la administración de los nuevos distritos, y motivó el desdoblamiento de la Castellanía, separándose los dominios del priorado de Cataluña de los correspondientes al reino de Aragón. Se fijó como línea de demarcación el curso del Ebro y del Segre a la altura de Almacellas, y de allí hacia el norte remontando el curso del Noguera Ribagorzana.

La nueva Castellanía de Amposta incluía las encomiendas de Alfambra, Aliaga, Ambel, Amposta, Añón, La Almunia de Doña Godina, Ascó, Barbastro, Calatayud, Cantavieja, Caspe, Castellote, Castiliscar, Chalamera, Encinacorba, Huesca, Mallén, Miravete, Mirambel, Monzón, Novillas, Orrios, Orta, Samper de Calanda, Sijena, Torrente de Cinca, Torrente de Valencia, Ulldecona, Valencia (bailía), Villel, Villarluengo y Zaragoza. Comprendía, por lo tanto, todas las casas de Aragón, más alguna de Cataluña y dos de Valencia que no habían sido adjudicadas a la orden de Montesa.

El palacio de la Zuda, sede de los comendadores de Zaragoza, adquirió el rango de centro administrativo de la Castellanía y allí trasladaron definitivamente los castellanes su residencia. El castellán de Amposta figuraba entre los miembros destacados del estamento eclesiástico con representación en Cortes. Entre los castellanes del siglo xiv sobresale la figura del insigne aragonés Juan Fernández de Heredia, comendador de la orden en Zaragoza en 1345 y castellán de Amposta desde 1349.