Leyendas

De Samperinos
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Relatos y Leyendas

Samper tiene muchos "sucedidos" que se transmiten oralmente; cada uno que ponga la versión que le han contado.

La Noche de Almas

CALABAZAS Y VALENTIDAS EN SAMPER DE CALANDA. 

- Alejandro Abadia Paris

Era la noche del uno de noviembre, fecha en que se visitaba la iglesia para recoger agua bendita para purificar las casas, rugiéndolas. La noche de las calaveras de calabaza y las valentidas.

Recuerdo el tráfago mañanero en casa de los abuelos o de los amigos con aquellas calabazas redondas, alargadas, amarillas o moteadas; guardadas en los miradores desde el verano para esta noche, abriéndoles agujeros simulando ojos y una boca con dientes de sierra hechos con un cuchillo afilado con las que, pegadas a un cartón con la cera de una vela encendida en su interior y apoyadas en la palma de la mano, salíamos a recorrer las calles más oscuras.

El lugar de encuentro siempre era la barbacana o la plaza, si hacía frío. La noche era testigo y cómplice de una de las valentidas más populares de la villa: “ las tres palmadicas”.

Tenía que acontecer a las doce de la noche cuando el reloj de la plaza sonara, y había que subir al cementerio, mientras la cuadrilla esperaba en la plaza, y tocaba por turno el acercarse al cementerio por aquel camino, normalmente embarrado, en plena soledad escuchando el viento entre extraños rugidos de los cipreses que invitaba el abandono. Muchos se volvían dejando el paso al siguiente; otros, llegaban frente a la puerta de hierro y el ritual le obligaba a quedarse unos segundos ante la visión de las cruces y la soledad de las tumbas. Y, rompiendo el silencio, daba tres fuertes golpes sobre la puerta gritando: “Tres palmadicas doy aquí, que salga la muerteseca detrás de mí”. Y salía corriendo cuesta abajo buscando las luces del pueblo como un poseso, sin mirar atrás, hasta llegar donde le esperaba la cuadrilla alborozada por su audacia o con fuertes censuras por su cobardía cuando no lo había hecho.

Ante la cancilla de aquel cementerio triunfaba siempre la imaginación ofreciendo treguas al entendimiento. Era todo aquello que pueden forjar en su mente los creyentes, los medrosos, los nerviosos y los alucinados que podían así evocar en tan solo unos minutos de soledad ante los muertos la grandeza de la valentida. Y cuando se produce esa exaltación, nadie lo saborea mejor que los que han logrado superar la prueba.

Hoy, llaman a esta noche con palabras inglesas, balbuceando acentos americanos, presumiendo de “modernos”, como inventores de poetas muertos disfrazados y olvidando lo nuestro. Bueno será, pues, recordar lo nuestro.


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El Cabezo del Agudillo

- Alejandro Abadía París

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Una de la narraciones más fantástica que me contaron de Samper es la que se refiere al cabezo del “Agudillo”.

Dicen que hace muchos años nuestra gente contrató a un “zaurín” para que buscara un tesoro, porque se comentaba que cuando la expulsión de los judíos uno muy rico escondió su fortuna confiando en que un día iba a volver.

Y el buen zahorí con un “forgacha” de cerezo encontró un lugar donde la vara le daba tan fuertes tirones que causaron el asombro de todos por la violencia con que marcaba; y más todavía cuando les pidió a cambio de descubrirles el hallazgo la mitad de lo que se sacara, comentando que allí había ollas repletas de monedas, alhajas; tinajas “carambulladas” de perlas, marfiles …y la Junta dijo “no”. Entonces, enfadado, les advirtió que allí debajo había un brazo de mar, tan impulsivo, que si cavaban sin un orden podían inundar las tierras contaminándolas de sal y, si no lo creían, que observaran las caracolas marinas petrificadas que había en el entorno; signo inequívoco de que aquello fue el mar; y si pegaban el oído a la tierra podían percibir el oleaje que acontecía bajo sus pies. Y nadie oso cavar.

Alguien quiso justificar la negativa comentando que el zaurin había sido con su petición muy “agudillo”. Y así se le quedó el nombre al cabezo. Y así se ha mantenido durante generaciones; presto, a su vez, a la aventura y a la fantasía.

El cabezo del agudillo conforma uno de los relatos más fantásticos que la tradición oral nos ha traído a la villa:

Cuentan que, un día, nuestra gente, sabedora de la tradición del monte, contrató a un “zaurín”, que es una de esas personas que tienen poderes para encontrar agua y tesoros ocultos bajo tierra, porque de siempre se había oído decir que cuando la expulsión de los judíos aquí vivió uno muy rico. Y que, como pensaba volver, escondió su inmensa fortuna en aquel cabezo.

Sabedores los lugareños contrataron a este hombre por treinta monedas de plata, porque dicen que lo contrató la “junta del trenteno”. Y el buen zaurin con una “forgacha” de madera de cerezo se acercó al cabezo y observó que el palo le daba fuertes tirones y se encabritaba, causando el asombro de sus acompañantes.

Y el zaurin les dijo que veía ollas repletas de monedas y de alhajas; grandes tinajas “carambulladas” de donde salían perlas y piedras preciosas… y que quería la mitad del tesoro antes de decir el lugar exacto. Y la Junta, dijo no. Y, entonces, muy enfadado les advirtió que allí debajo había un brazo de mar tan impulsivo que si cavaban y llegaban a él se inudarían las tierras de labor impregnándose de sal. Y si no se lo creían que observaran las caracolas marinas y los maderos petrificados que había en el suelo. Y que si pegaban el oído a la tierra podían percibir el oleaje inmenso que acontecía a sus pies.

Y nadie osó cavar. Y durante siglos nadie se ha acercado a horadar el cabezo. Alguien comentó que aquel zahorí era muy agudo. Otro dijo que era muy “agudillo” por el precio exigido. Y así se quedó el nombre del monte y la tradición; presta siempre a la aventura y a la fantasía.

Quiteria Espallargas: Esa historia es muy vieja yo me la contaba mi padre. Y en los años 60 a los 70 ya vino gente a medir para saber si había aguas


La Jota y los Noviazgos

- Alejandro Abadía París

Es nuestra tradición
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Aquí han sido populares los noviazgos, conociendo arreglos, aponderadores, casamenteras y también grandes historias de amor que llevaron al suicidio, a la desesperación y a los odios familiares.

Y como estamos en plenas fiestas pilaristas y “aquí se canta la jota”, comentemos una alusiva que tuvo lugar en una ronda. Las rondas han sido una excusa más para “ hablar a las mozas”, en tono de cariño o de agravio a lo que se consideraba una afrenta. Y la imaginación siempre se ha venido manifestando con la jota a través de letras dirigidas acompañadas con música de rondalla.

Hay una de agravio popular en Samper que ha venido trascendiendo en el tiempo que nos cuenta la de un pretendiente no aceptado, porque el padre de la chica no quería que se casara con él porque era labrador; quería para su hija un señorito de carrera, ya que la belleza de la hija y la dote que tenía reservada lo requería. Y el mozo en la noche de ronda, tomando la guitarra y los amigos se plantó en la puerta de la moza y cantó aquello de:


"Ya sé que ha dicho tu padre/ Que lo quiere de carrera/ Pues yo tengo un perro galgo/ Te lo llevas cuando quieras”.


Alcanzar el paraiso

- Alejandro Abadía París


Hace años leí a Ibn Zarzar, un famoso judío, médico de Pedro I, que además era un respetado talmudista. Sus reglas siempre tenían la misma finalidad: alcanzar el Paraíso.

Sus procedimientos forjarían nuestro carácter, que prevaleció en la localidad durante siglos como reglas fijas a seguir. En definitiva, eso era la religión de la tradición judía.

Observando las viejas tradiciones de Samper, cuando se habla de los hijos de Jacob, preferentemente se recuerda más a Judá y a Benjamín. Y nuestra gente relataba infinidad de pasajes del Antiguo Testamento.

Porque aquí, se han mantenido vivas muchas tradiciones “crescas” como: “Con la vara que midas serás medido”. Que nos acercan a Hasdei Crescas (1340-1412), Juez Supremo de las aljamas de Aragón que en su lectura de “La vara de Judá” narra sucesos que se acercan mucho a nuestras leyendas populares, como la del “Pilón de Híjar”:

“Cuentan que un hijo llevaba a su padre al asilo de Híjar, desde Samper, cuando decidieron detenerse a descansar sobre una piedra que había junto al pilón que separaba ambos términos, cuando el padre comenzó a llorar: - ¿Por qué lloras, padre mío? Preguntó el hijo un poco confuso. - Es que, en este pilón, en esta misma piedra, se sentó mi padre cuando yo le llevaba también al asilo, porque tampoco lo quería tu madre”. Y, dice la leyenda que, el hijo, dando la vuelta volvió con el padre a la localidad para que viviera con ellos el resto de su vida. A la pregunta de si, con esta actitud, había algo de amor paternal, mi gente antepone siempre la “vara de Judá”: el temor de verse él en la misma situación años más tarde.


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Pleito entre Familias

- Alejandro Abadía París

En un congreso judío celebrado en Zaragoza, en el que participamos, se comentaron algunas de las palabras que forman parte de nuestro vocabulario llegando a conclusiones, no definitivas pero sí probables, de que los traductores del romance fueron judíos. Formas de hablar que se extendieron por la comunidad judía/española que denominamos sefardita y que han venido perdurando en su forma vernácula.

También se observaron fórmulas jurídicas que, sin estar totalmente adscritas al Líber Iudiciorum, ni a la forma de redactar los documentos las encontramos vinculadas a la repoblación con una mezcla de tradición romana, costumbres musulmanas, influencias judías y adaptaciones repobladoras.

No cabe duda que disponemos de elementos muy antiguos en todas nuestras tradiciones que nos las han transmitido, muchas veces, adaptadas a la fantasía popular y a la conveniencia. Algo que se repite en poblaciones cercanas y hasta lejanas.

Encontramos en la villa una leyenda antigua de un rabino judío, de gran consideración, al que se le encomendó la misión de resolver un pleito entre dos familias. Y, dicen que, al escuchar las razones de la primera, y después de reflexionar, les dio su veredicto: “Tienen ustedes razón”.

A continuación entrando en la sala la segunda familia expresando el mismo caso, lo hicieron con tal elocuencia y poder de persuasión de que la primera familia no podía tener razón que hizo exclamar al rabino: “Tienen ustedes razón”.

Y quedándose solo con su secretario, éste confuso por su conducta se quejó amargamente al rabino diciéndole “Señor, a las dos familias les ha dado la razón, y no la pueden tener las dos”. A lo que el rabino le respondió: “Tiene usted razón”. Son nuestras tradiciones.


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Misteriosas pinturas del Claustro

- Alejandro Abadía París

Dejando las tradiciones y las cuestiones técnicas nos adentramos en el significado de esos detalles gráficos que adornan las paredes del claustro del monasterio de Santa Quiteria.

Son frescos que han llegado a nosotros con notable pureza al protegerse cuando el cólera asoló a la villa en 1885, y que convirtió el monasterio en un centro de aislamiento sanitario.

-¿Qué representan estos frescos? Es la visión agustiniana de la salvación. Las dos ciudades: la de Dios y la del diablo. La cruz y la muerte. La coordinación entre dos culturas: la grecorromana y la judeocristiana. En las grafías se muestran los monstruos y los santos sobre los dinteles de las puertas, de los arcos y en los esbozos de las paredes. Es el cristianismo pensado. Avisos que nos trasladan a Dacia y Patubia… al mundo antiguo; porque los escolásticos de aquella época, que aquí moraban, necesitaban comprender primero para creer después. Y en este antiguo monasterio agustino todo se simboliza dentro del drama de la salvación a través de la muerte, dando a los hombres el poder de dirigirse hacia la cruz o hacia las tinieblas.

Y lo que representan estos dibujos es decirnos que la posibilidad que tenemos solo ocurrirá una vez. Las pinturas son tenebristas y con un mensaje pensado. Pero aquí los “listas” y los “jesuses” han convertido el lugar en un merendero.

-¿Para eso se pidió a la Iglesia? O, mejor ¿para eso fue concedido el monasterio? Son leyendas. Pero las pinturas y su simbolismo no han desaparecido. Son reales y siguen estando ahí.

Otros dichos

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Las dos cosicas juntas

Manuel Martín - Blog Palillero

Se cuenta por Samper una historieta atribuida a uno del pueblo –no recuerdo quien-, pero seguramente que la habréis oído con frecuencia. Resulta que un paisano joven, casi un niño, quedó huérfano de madre y durante un tiempo iba a comer a casa de una tía suya. Como quiera que la tía le fuera a preparar el almuerzo y no conocía sus preferencias, le preguntó cuál era su deseo; si le freía un huevo o un chorizo. El joven muy compungido y lastimoso, como para no ofender, respondió: “¡ay!, todavía me acuerdo de mi pobrecica madre que me hacía las dos cosas juntas”.

"el "Curasanas"

APAÑOS Y REMEDIOS SAMPERINOS

- Alejandro Abadía París

Es un tema apasionante. Cuando hace unos años comencé a estudiar este tema me entusiasmó. Tuve la suerte de conocer a personas que todavía conservaban en la memoria los “apaños” que mujeres como la tía “Cotona”, o la tía “Vita”, practicaban sobre los huesos dislocados o los nervios “acaballados” de sus pacientes. Recuerdo que sus dedos eran cortos, casi de una sola falange y eso, decían, les daba una habilidad especial para dejar los nervios en su sitio.

Las prácticas curativas por torceduras de pie, tirones, incluso de huesos rotos, eran estimadas en la localidad donde se mantenía la creencia de que estas mujeres tenían poderes. Comentando que se debía por haber nacido, ellas o algún ascendente, en la noche del Jueves Santo.

Pero al margen de todo esto también existían remedios caseros muy tradicionales en Samper que se aplicaban como primeros auxilios. Por ejemplo cuando el rapazuelo volvía a casa después del “apedrego” con la “gusanera” a apunto de reventar surgiendo el “boño”, el remedio de la abuela era colocar en la parte inflamada una “perra negra” apretada con un pañuelo en la parte dañada.

Eran aquellas monedas decimonónicas que guardamos todavía, a las que pocas veces se les podía leer las “letras” de tan desgastadas que estaban. Eran monedas de cobre “isabelinas” y “fernandinas”, de ocho maravedíes o de medio real y que todavía guardo algunas en mi colección por curiosidad que nuestra gente las tenía siempre aparentes para aplicarlas en el momento que eran necesarias pronunciando, mientras hacía el movimiento de frotar con la mano la parte dañada, aquello de:

“ Curasanas, curasanas, si no te curas hoy te curarás mañana”. 

Te aplicaban la moneda al “boño”, te apretaban el pañuelo y volvías tan feliz a jugar a la calle. Eran parte de los apaños y remedios samperinos.